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El saber elegir (parte II)

Tengo una amiga que dejó el trabajo perfecto para irse a África por amor. “¿Cómo supiste cuál era la decisión correcta?” “No lo sabía”, me dijo.

Nos guste o no, elegir forma parte de nuestras vidas desde que tenemos un mínimo uso de la razón. Aunque muchas veces no nos sea fácil hacerlo nos vemos obligados a elegir día tras día entre diferentes opciones que marcarán, o no, nuestro destino. Cuando “no tuviste elección” en realidad sí la tenías y elegiste no tenerla.

Elegimos comprar un buen papel de wáter por más dinero o comprar el que parece papel de lija por menos, elegimos entre beber vino o cerveza, entre 1,5 o 2,5 GB, entre quedarnos en casa o salir, coger el metro o ir en bici, comer con salsa picante o sin ella. Escogemos entre Mac o Windows, entre el guapo o el interesante, en contra o a favor de la independencia, entre usar wordpress o blogger, entre los zapatos bonitos o los cómodos y entre “en tu casa o en la mía”.

Nuestras vidas se basan en una infinita cadena de elecciones interrelacionadas unas con las otras y son precisamente las decisiones que tomamos las que nos enseñan a elegir mejor en un futuro. Al final no importa si nos equivocamos lo importante es tomar la decisión y no quedarnos atascados en la eterna duda.

De pequeños, nos dieron a elegir: “¿Qué color quieres, el rojo o el azul?” Y nosotros escogimos el uno o el otro ignorando que en ese preciso momento estábamos iniciando la cadena de elecciones. Después seguimos con la elección de los cereales para el desayuno, Chococrispis o Smacks, entre Lego o Playmobil, entre ir a clases de piano o hacer natación.

elegir-calefaccion

Más tarde empezamos a elegir cosas más importante: los amigos; ciencias, económicas o humanidades, ir a clase o no ir, hacer los deberes o quedar con los amigos para comer pipas en un banco, perder la virginidad o esperar, fumar o no hacerlo.

Después llegó el momento de elegir si estudiar o trabajar. Los que estudiamos tuvimos que elegir una carrera cuando ni siquiera estábamos preparados para ello. Elegimos ir a vivir en el extranjero o quedarnos, elegimos empezar relaciones y/o romperlas, seguir fumando o dejarlo. Quien pudo eligió entre ese trabajo o el otro, entre tener hijos o no tenerlos, entre tener uno o dos o tres, entre alquiler o compra, entre matrimonio o divorcio y entre prejubilarse o esperar a los 67. Y de esta manera miles de decisiones construyen poco a poco nuestras vidas sin que nosotros nos demos ni cuenta.

Con el tiempo el peso de nuestras elecciones va creciendo porque sus repercusiones son mayores y elegir se vuelve aún más complicado. Cuando no hemos podido elegir hemos reclamado nuestro derecho a hacerlo, sin embargo, en algunas ocasiones hubiéramos hecho lo que fuera para no tener que decidir. Cuando alguien eligió por nosotros no era lo correcto.

Pero nunca nos enseñaron a elegir. Nadie nos avisó y si alguien lo hizo quizás ni lo escuchamos. Nunca supimos cuál era la opción correcta hasta que optamos por alguna de ellas. Elegir es nuestro pan de cada día aunque nosotros sigamos con el menú delante de nuestras narices sin saber si escoger los macarrones con queso o la lasaña de verduras bajo la impaciente mirada del camarero.

The Art of Choosing

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